El número 6 de "Los Cuatro Fantásticos" versión John Byrne; algunas comedias románticas más o menos tontas; la versión Workprint de "Blade Runner"; montones de libros de ciencia ficción (H.G. Wells, Bradbury), de física ("Hiperespacio", dónde, por fin, logró comprender la teoría de cuerdas) e incluso de autoayuda (una basura llamada "El Universo Holograma" que tiene, eso sí, más de tres cosas muy graciosas y que compró pensando que era un libro de ciencia).Todos. Tirados en el suelo, en los estantes desordenados del despacho o en la enorme mesa, junto al ordenador.
Toda esa cantidad de información, de talento y no es sufciente. No logran, todas esas palabras, esos dibujos, esas imágenes, hablar con la contundencia necesaria, del amor y del espacio.
Del Espacio, ya sabéis.
El Espacio oscuro e insondable que rodea la tierra (como un manto negro que es, en realidad, un caos gaseoso lleno de rocas heladas y de rocas calientes); el Espacio compartido por amigos (regado por vino algunas veces, por cus-cús, tortillas de patatas, ginebra cara y alitas de pollo); el Espacio habitado por mujeres a las que querer y abrazar.
No basta con la melancolía de imaginar recuerdos, o unas zapatillas de estar en casa con una cara dibujada que están ya destrozadas (o en los pies de los mendigos de abajo) o mirar las estrellas como queriendo comprenderlas y establecer alguna unión entre la luz que desprende y la que desprenden las personas a las que hemos amado y que llega, como esa luz, cuando ya han muerto.
No, no valen esas metáforas baratas de literatura femenina.
Es mejor rebuscar entre las canciones. Y encontrar, entre todas, una historia divertida, irónica y, paradoja, ligeramente triste, entre la relación imposible de una chica y un robot.
Eso es. Esa es la clave. Una melodía en estado de gracia, un ritmo contagioso, una bonita voz femenina.
Y de nuevo, la ciencia ficción como el más realista de todos los géneros.
Nada que no hayan dicho antes que él hombres muy brillantes.



