lunes 2 de noviembre de 2009

MONTONES DE LIBROS DE CIENCIA FICCIÓN



El número 6 de "Los Cuatro Fantásticos" versión John Byrne; algunas comedias románticas más o menos tontas; la versión Workprint de "Blade Runner"; montones de libros de ciencia ficción (H.G. Wells, Bradbury), de física ("Hiperespacio", dónde, por fin, logró comprender la teoría de cuerdas) e incluso de autoayuda (una basura llamada "El Universo Holograma" que tiene, eso sí, más de tres cosas muy graciosas y que compró pensando que era un libro de ciencia).

Todos. Tirados en el suelo, en los estantes desordenados del despacho o en la enorme mesa, junto al ordenador.

Toda esa cantidad de información, de talento y no es sufciente. No logran, todas esas palabras, esos dibujos, esas imágenes, hablar con la contundencia necesaria, del amor y del espacio.

Del Espacio, ya sabéis.

El Espacio oscuro e insondable que rodea la tierra (como un manto negro que es, en realidad, un caos gaseoso lleno de rocas heladas y de rocas calientes); el Espacio compartido por amigos (regado por vino algunas veces, por cus-cús, tortillas de patatas, ginebra cara y alitas de pollo); el Espacio habitado por mujeres a las que querer y abrazar.

No basta con la melancolía de imaginar recuerdos, o unas zapatillas de estar en casa con una cara dibujada que están ya destrozadas (o en los pies de los mendigos de abajo) o mirar las estrellas como queriendo comprenderlas y establecer alguna unión entre la luz que desprende y la que desprenden las personas a las que hemos amado y que llega, como esa luz, cuando ya han muerto.

No, no valen esas metáforas baratas de literatura femenina.

Es mejor rebuscar entre las canciones. Y encontrar, entre todas, una historia divertida, irónica y, paradoja, ligeramente triste, entre la relación imposible de una chica y un robot.

Eso es. Esa es la clave. Una melodía en estado de gracia, un ritmo contagioso, una bonita voz femenina.

Y de nuevo, la ciencia ficción como el más realista de todos los géneros.

Nada que no hayan dicho antes que él hombres muy brillantes.

martes 20 de octubre de 2009

MI ESTADO DE ÁNIMO SON UNAS MOMIAS Y UNOS COHETES ESPACIALES



Los primeros días de frío del otoño llegaron con una tristeza que tenía algo de inesperada, a estas alturas de la película.

Concreta y sin solución, esa tristeza (que no supo bien si sería pasajera o si llegaba para quedarse durante todo el invierno) no consiguió, sin embargo, cambiarle el estado de ánimo, que pasaba del aburrimiento y la abulia a cierta alegría leve y no muy histérica. Una alegría en mitad inventada y en mitad fruto de algo real.

Se sintió tan ciclotímico, tan inestable como una actriz de veinte años. Le dio vergüenza y se carcajeó por la metáfora de la mañana. Pensaba que se le habían acabado las metáforas graciosas... Mantenía el pulso.

Combatía, como siempre, con canciones, la tristeza y, algo menos, el frío, que en realidad no le afectaba demasiado.

Había pasado por "Saturday In The Park" de Chicago, que le pareció demasiado tontuna (con esa letra tan amable) y por "I Saw The Light", de Todd Rundgren, con cuyo título no podía identificarse en absoluto. Escuchaba a Nacho y Luque y a veces una frase le recordaba todas las cosas que habían pasado en un año. Escuchaba pop frívolo francés, electrónica de los ochenta, canciones horteras de los setenta llenas de encanto (volvía al "Still The Same" de Bob Seger y de repente ese título si que tenía gracia).

Deambulaba por las pocas tiendas de discos que quedaban abiertas y compraba discos de blues, cosas de jazz, pop de los setenta y rarezas ochenteras, demabulaba por las salas de conciertos, y los camerinos, bebía algo con los músicos mientras estos se drogaban.

Al volver a las calles, se encontraba con grupos de viejas venidas de los pueblos de todo el país; viejas zorras momias que se manifestaban por la ciudad al grito de "Sí a la vida". Esas momias vestidas con abrigos baratos que costaban una pasta tenían ya un pie en la tumba. ¿De qué vida hablaban?

El caso es que entre todos esos paquetes de cereales, entre esa fruta "biológica" y la leche de avena, entre los recuerdos, las ganas de volver a estar entre amigos, ir al cine, recuperar la vida normal, apareció una canción que hablaba de momias, de faraones, de cohetes espaciales y hermafroditas.

Y fue esa canción tan remota, con esa melodía psicodélica y ni una palabra de amor o desamor o tristeza o alegría o soledad, la que explicaba perfectamete todo lo que pasaba por la cabeza.

Cosas de Robyn Hitchcock.


miércoles 7 de octubre de 2009

SÓLO DOCE SEGUNDOS



Aquella noche de tormenta los dos se dieron cuenta de que algo había pasado. Quizá lo más correcto sería decir que algo había "cambiado". Pero ese verbo, "cambiar" no reflejaba tampoco con acierto lo que había pasado.

No se había perdido algo, ni algo había sido encontrado.

Había pasado algo y no había pasado nada en absoluto.

Sabía perfectamente que no iba a dormir en toda la noche y, por primera vez, no sabía bien en qué canción pensar. En qué canción llevarse a las sabanas gastadas y sucias por el sudor de los inesperados días de calor.

Pensó: "Joder, la primera vez. Ni una sola. Ni una canción concreta en la que pensar".

Le venían a la cabeza, eso sí, mil melodías, comienzos de canciones, esbozos, estrofas y estribillos distintos, títulos más o menos bonitos, frases sacadas de contexto que podían explicar la tristeza inexplicable de dos camas alejadas sólo por unos pocos metros.

Intentó recorrerlas todas, recordarlas todas, una a una, sin olvidar ninguna. Sin olvidar las más tontas, las graciosas y las terriblemente dramáticas, las más tristes, las simplemente estúpidas, las que escribía el trabajador artesano o el genio en estado de gracia.

Quería recordarlas todas. No dejarse ninguna.

Como adentrándose en un túnel (la memoría es el túnel, ya sabéis, una metáfora barata, como de blog) llegó a una débil luz (y así, voilá, otro juego con el título de la canción de marras) que venía a ser la primera canción de ellos.

Antes incluso de que exisitiera eso, "ellos". O al menos antes de que ella supiera que ya existía un "ellos".

Al final, una metáfora acertada en una canción bonita de un cantante que no le gustaba.

Eso es. Ahí encontró la solución.

Una canción que le llevaba a otro mes de Octubre en una isla, rodeado de amigos, borracho unas pocas tardes (esos Bloody Marys), inquieto las más; un mes dónde sonó esa misma canción mientras recorrían carreteras sinuosas que daban al mar y comían caracoles y se hacían fotos con los ojos en blanco y viajaban en vuelos de compañías ridículas.

Y él deseaba un feliz cumpleaños echado en una hamaca.

Ahí empezó todo, ¿te acuerdas?

Un silencio.

Sólo entonces se dió cuenta de que hay canciones que uno no busca. Que hay canciones, vaya tela, que como un cazador hábil, acaban por encontrarte a tí.

Y que no paran hasta derrotarte.

sábado 12 de septiembre de 2009

INTENTO DE SEPTIEMBRE



Melocotones, manzanas verdes, plátanos y las primeras fresas de la temporada.

En la mesa, un montón de discos nuevos: el nuevo de Yo La Tengo, las reediciones de los Beatles, Noah and the Whale, Mumford and Sons, la genialidad de "Dark Was The Night" o incluso el de Scarlett y Peter Yorn. Algunos sin abrir como el "Waiting For The Sun" de los Doors, dónde está esa canción estupenda, tan propia, "Summer's Almost Gone".

Pero en realidad el verano aún no se ha ido del todo, y todavía queda algo de ese calor pegajoso, y desde el patio interior llega el eco del motor del aire acondicionado que mi vecino francés se empeña en seguir encendiendo; y también la voz desagradable de mi vecina del tercero, que se empeña en compatir con todos sus (más o menos banales) problemas sentimentales.

Escucho el sonido de sus pies descalzos en el suelo e incluso eso me molesta.

Y de repente una pequeña revelación, por la noche, en forma de viento inesperado.

Tres chicas guapas que parecen hermanas y me hacen pensar en Chéjov se protegen con rebecas rojas como sus labios y sus uñas. Los policías que evitan que la gente beba en la calle (cada vez son más) hablan en voz alta sobre el frío que está por llegar.

Yo los imagino dentro de unos meses, cuando ya no trabajen en esa plaza y tengan que estar metidos en un despacho, o caminando por la calle bajo la lluvia por esa calle larga llena de putas. Pienso en si el invierno hará que los policías y las putas sean amigos.

Antes de todo esto, quizá uno o dos días antes, un par de llamadas de teléfono y aquellas piernas suyas caminando por la calle auguraron que en cuanto esta estación seca de los huevos se acabe, el resto de cosas empezarán a ir más o menos bien.

Nos guste o no, ya lo avisó aquel cantante rubio y afectado, Septiembre está aquí otra vez.

martes 4 de agosto de 2009

CONDUCIENDO POR CARRETERAS QUE YA NO EXISTEN



Como no tiene nada para desayunar, decide pelar un melocotón.

Mientras se lo come, pasea por la casa, suena "Roscoe", una canción que hacía un axño exactamente que no escuchaba.

Un año.

Su felicidad (mucho más que su desdicha, al contrario que mucha de esa gente) está siempre asociada a canciones concretas. Y esas canciones le llevan a estados concretos, a momentos concretos que nunca (¿nunca?, se pregunta con un ingenuo optimismo) podrá borrar de su memoria.

Se siente un poco infantil, un poco tonto; últimamente la memoria, los resortes de la memoria, la manera en la que aparecen recuerdos, se ha convertido en un tema recurrente, aburrido casi. Se siente como una versión cutre, despeinada de Marcel Proust.

Ya sabéis, la magdalena y toda esa movida...

Pide disculpas un poco para sí mismo, con cierto pudor, (¿pudor a estas alturas?) y detiene el disco.

El simbolo de pausa (esas dos rayitas) en el lector del cd, congelado en el piano del minuto 1:47 que tantas y tantas veces ha escuchado. Fue su canción favorita durante dos veranos seguidos.

Duda y mira los melocotones en el frutero, la piel cortada en tiras.

De nuevo el play.

No debería haberlo hecho. Porque en ese momento aparece en su cabeza, de repente, una carretera.

Una carretera sinuosa, llena de curvas imposibles, en las que uno puede perderse y que él puede reproducir, dibujar, recitar casi de memoria.

Esa carretera que recorrió hace ya mucho tiempo y a la que nunca jamás volverá, incluso aunque lo intentera, porque, sencillamente, esa carretera ya no existe. La autopista, sonríe, acabó con ella.

Esa carretera que no existe, concluye, le llevó a lugares en los que fue feliz y en los que las canciones sólo eran la música de fondo. En los que las canciones eran las excusa y no al revés.

Ahora abre los balcones y la música suena por el barrio vacío. Nadie pasea por la calle. La gente anda por ahí fuera, recorriendo carreteras. Él se siente algo confuso y piensa en una tontería: nunca condujo aquel coche ni bajó jamás aquella intrincada cuesta.

No le dió tiempo a ser ni tan bueno ni tan disciplinado.

miércoles 29 de julio de 2009

TODO CUBIERTO DE NIEVE (Y LOS PIES FRÍOS)



En mitad del verano sintió algo parecido a un pesar, a una pena cansada y aburrida. Sería ese calor horrible.

De repente se vió en mitad de la ciudad abandonada, (había vuelto a ver "Wall-E" en el tren y pensó en ese planeta abandonado lleno de basura), pasando las noches con los balcones abiertos, evitando encender el aire acondicionado, evitando escuchar las conversaciones (y los ocasionales gemidos) que provenían del patio interior.

Se vió en mitad de la ciudad abandonada, escuchando las canciones de un más o menos remoto grupo de música de los ochenta que -misterio- se había convertido en la adicción (junto a Dinosaur Jr.) de la última semana.

Ahí estaban, fuera de contexto totalmente, esas melodías que pretendían ser alegres pero no lo conseguían (latía, bajo ellas, un poso de tristeza extraño); estaban las baterías programas y los teclados, estaba la voz del cantante (que no era, para nada, una gran voz) y su peinado (que era, sin duda, un gran, gran peinado).

Estabab, claro, las producciones imposibles, algún que otro hit y, sobre todo, un riff de guitarra que consideraba, en mitad del verano, genial.

Había, por supuesto, algo más profundo latiendo debajo.

Estaba esa sensación de que hay sitios a los que la memoria (te jodes) no puede llegar. Y las canciones de A Flock of Seagulls eran uno de esos sitios. Y eso, a pesar del calor, a pesar de que deberían cerrar la vida en la tierra en Junio y volverla abrir a finales de Septiembre, estaba más o menos bien.

La piel pegajosa, la gente diciendo tonterías una tras otra, los pies desnudos que pasean por la arena, las sonrisas y el agua que salpica. El verano consigue acabar con todo lo bueno, con lo decente.

"El verano es un asco", dijo en voz alta. O quizá "Odio el verano". Esa frase la repetía todo el rato.

El caso es que ahí estaban esos tíos, hacía más de veinte años, cantando esas canciones tontas sobre romances espaciales o sobre vete a saber qué.

Y ahí estaba él, en mitad del verano, añorando los aceras cubiertas de nieve, los coches cubiertos de nieve, los tejados e incluso los niños cubiertos de nieve; añorando los pies fríos que la manta no logra tapar, la lluvia que golpea con fuerza los cristales, los gorros y bufandas que le gustaban desde hacía sólo unos meses...

Y quiso que una ola de frío barriera Europa durante el mes de Agosto. Una ola de frío que nunca, jamás, llegaría.


miércoles 22 de julio de 2009

OTRA VEZ CON UNA GUITARRA


Hacía años que no se colgaba una guitarra.

Lo ha hecho en un homenaje a Michael Douglas en el que ha interpretado una de sus mejores canciones, "Things Have Changed", que escribió para "Wonder Boys", la estupenda película de Curtis Hanson.

Es curioso, después de verlo tanto tiempo oculto tras el teclado.

Todos nos hacemos mayores, me temo...